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La mafia según Cronenberg

Por | 28 octubre 2007 | Comentar


Tanto Una historia de violencia como esta Promesas del este evidencian un manifiesto interés de David Cronenberg por los alrededores del violento mundo de la mafia. Las dos últimas cintas de este director de granado pasado en el género fantástico no ambicionan abordar estos clanes criminales con una carga de profundidad similar a emblemáticas obras como El Padrino. Pero sí los elige como marco para historias más concretas sobre personajes atrapados en la telaraña del hampa.


Título: Promesas del esta (Eastern promises)
Dirección: David Cronenberg.
Países: Reino Unido, Canadá y USA.
Año: 2007.
Duración: 100 min.
Género: Drama, thriller.
Interpretación: Viggo Mortensen (Nikolai Luzhin), Naomi Watts (Anna Khitrova), Vincent Cassel (Kirill), Armin Mueller-Stahl (Semyon), Sinéad Cusack (Helen), Jerzy Skolimowski (Stepan).
Guión: Steve Knight.
Producción: Paul Webster y Robert Lantos.
Música: Howard Shore.
Fotografía: Peter Suschitzky.
Montaje: Ronald Sanders.
Diseño de producción: Carol Spier.
Vestuario: Denise Cronenberg.
Estreno en España: 5 Octubre 2007.
Web: www.promesasdeleste.es
Leer mi critica de Promesas del Este en Muchocine.net

En complicidad con el espléndido trabajo del camaleónico Viggo Mortensen, protagonista de ambos filmes, el realizador canadiense aborda cómo estos tentaculares ambientes impiden su abandono a quien un día formó parte de ellos o cómo se extiende a las vidas de quienes guarden alguna relación, si quiera colateral, con sus alrededores. Al personaje de Naomi Watts, una comadrona de un hospital londinense, le ocurrirá esto último en Promesas del este. Después de traer al mundo al hijo de una adolescente ucraniana muerta tras el parto, ella, también de origen ruso, se halla en la obligación moral de dar con un familiar a quien encomendar el cuidado del recién nacido huérfano, al tiempo que le pueda comunicar la noticia de la muerte de la madre.

La pista de un diario en manos de la joven madre muerta conducirá a Anna Khitrova hasta una familia de la mafia rusa que usó a esta chica para la prostitución y luego la tiró como mercancía desechable tras haberla convertida en una yonqui. Allí se topará con el misterioso Nikolai Luzhin (el personaje de Mortensen), un chófer-recadero-matón al servicio del malcriado hijo del capo del clan (un gran Vincent Cassel). Su padre, encarnado con maestría por Armin Mueller-Stahl, representa la figura icónica del líder del clan familiar, así como la de de destacado capo entre las diversas familias mafiosas. En esta relación que padre e hijo mantienen durante todo el filme hay bastante de tópico cinematográfico en tanto que no resulta nada nueva en el cine la cortante tensión entre un estricto líder mafioso y su díscolo y poco ejemplar hijo.

Los hallazgos de Khitrova a través del diario le acercarán peligrosamente hasta ese mundo con reglas propias, alejadas por completo del otro que convenimos en llamar normal. Sólo un hombre parco, con aseado aspecto típico de mafioso ruso, le oficiará de brújula y de protección para no inmiscuirse más de lo debido. Nikolai, quien dice ser sólo un chófer, sabe mucho más de lo que cuenta y calla cuanto puede para sobrevivir en una comunidad donde las disputas suelen zanjarse con el cadáver del adversario vertido al río.

Sin ser una película de una violencia continua, sí aparecen en pantalla crudos actos violentos marca de la casa Cronenberg, a quien no suele dolerle en prendas el mostrar los más escabrosos detalles. La gélida fotografía de un Londres moderno y una buena elección general del reparto son otros de los avales de esta cinta de Cronenberg con senderos argumentales de parecido discurrir a los de su magnífica, y quizá superior, predecesora.

PD.: Siento la larga ausencia de este espacio dedicado al comentario y diálogo cinéfilo. Pero, a veces, se ha de dejar cierto espacio y tiempo a un asunto para luego retomarlo con renovado brío. Espero que así sea.

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McClane 4.0, el antivirus a base de mamporros

Por | 10 septiembre 2007 | Comentar


El impacto del primer filme protagonizado por Bruce Willis como John McClane fue tal en España que la sustitución del título original inglés, Die Hard ('Duro de Matar'), por el de La Jungla de Cristal se ha mantenido en las secuelas posteriores. Los términos 'jungla' o 'cristal' tenían cierto encaje en aquella cinta cuya acción se desarrollaba en los rascacielos Nakatomi, mientras que su presencia en los títulos de las continuaciones sólo obedece a una mera asociación con la exitosa cinta de John McTiernan. En cualquier caso, la perpetuación del título castellano del primer filme ejemplifica la indeleble impronta dejada por aquél.


Título: La Jungla 4.0 (Live free or die hard)
Dirección: Len Wiseman.
País: USA.
Año: 2007.
Duración: 130 min.
Género: Acción, thriller.
Interpretación: Bruce Willis (John McClane), Timothy Olyphant (Thomas Gabriel), Justin Long (Matt Farrell), Maggie Q (Mai), Cliff Curtis (Bowman), Mary Elizabeth Winstead (Lucy McClane), Cyril Raffaelli (Rand), Kevin Smith (Frederick Kaludis).
Guión: Mark Bomback; basado en un argumento de Mark Bomback y David Marconi; sobre el artículo "A farewell to arms" de John Carlin.
Producción: Michael Fottrell.
Música: Marco Beltrami.
Fotografía: Simon Duggan.
Montaje: Nicolas de Toth.
Diseño de producción: Patrick Tatopoulos.
Vestuario: Denise Wingate.
Estreno en USA: 27 Junio 2007.
Estreno en España: 7 Septiembre 2007.
Web: www.lajungla4.es

Desde sus inicios, McClane contaba con muchos ingredientes para hacerse un hueco entre los más insignes héroes del cine de acción. Su nefasto don de la ubicuidad, su rudez y contundencia a la hora de deshacerse de los villanos o sus frases de 'sobrao' y chuleta le configuraban como un héroe atípico con facilidad para empatizar con el público. Conformen se sucedían las secuelas, el protagonismo de McClane crecía en detrimento de los argumentos de los filmes, claramente al servicio de la reedición de las acciones y rasgos típicos del policía neoyorquino.

En La Jungla 4.0 tampoco cambia esta deriva. McClane es presentado de nuevo como un buen poli con una vida privada hecha añicos. Divorciado y con una hija declarada en rebeldía, a nuestro protagonista no parece haberle servido de mucho su heroica hoja de servicios. Nada nuevo respecto a capítulos previos. Pero el público ya sabe que su instinto de poli veterano curtido en mil batallas tardará poco en hacerle resurgir. Y lo hace de la misma forma que en aventuras previas, cogiéndole de improviso las circunstancias más inoportunas.

Vuelve a enfrentarse a terroristas que, reivindicaciones políticas al margen, sólo persiguen llenarse los bolsillos a mano llena. Esto tampoco cambia respecto a entregas previas. Lógicamente, lo que sí cambian son los métodos de los villanos a los que ahora se enfrenta McClaine. El título castellano ya nos dice que sobre algo de ordenadores y bytes irá esta nueva propuesta de acción. Pero frente a los 'hackers' dominadores del ciberespacio no hay mejor remedio que la medicina habitual de McClaine: los mamporros a diestro y siniestro. La pistola de este duro poli doblega la sofisticación del terrorista parapetado en unas pantallas de ordenador con las que, sin embargo, es capaz de sembrar las mayores catástrofes.

En fin, que esta cuarta entrega dirigida por un mañoso de la técnica como Len Wiseman no sorprende en casi nada, pero tampoco aburre gracias a su chute de acción vertiginosa. Es lo mejor y lo peor que se puede decir de la cuarta entrega de esta franquicia de acción liderada por Bruce Willis.
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Puertas al campo

Por | 09 septiembre 2007 | Comentar


Imagen del 'Manifiesto por el Cine en los Cines' que estos días se distribuye en nuestros salas.

La semana pasada desfilaron diversos representantes de la industria del cine español por la Comisión de Cultura del Congreso. Opinaron acerca de la nueva Ley del Cine. Los realizadores dicen que los exhibidores usan sus salas como si del salón de su casa se tratara. Dicen que, con su comportamiento, "permiten que los americanos nos usen como el patio trasero donde dejar sus desechos" (David Trueba dixit). La Federación de Cines de España (FECE) afirma que "las películas hechas en España interesan muy poco a la gente" y emplean datos para respaldar tal afirmación: "la cuota de pantalla para el cine español en lo que va de año es del 5%" (es decir, de cada 100 espectadores, sólo cinco ven cine español). Y yo me pregunto: ¿y por qué no se consulta al público, otro elemento esencial de todo este negocio? Si lo hicieran, quizá descubrirían ambos, exhibidores y productores, que no todos los espectadores desprecian el cine hecho aquí por el simple hecho de su origen nacional o que algunas de nuestras producciones deben su fracaso comercial a su discutible calidad, más que a una pobre distribución. A mí, como a muchos de quienes escriben sobre cine en Internet, me gusta el cine sin etiquetas identitarias. Y el buen cine, pese a las muchas trabas que deba superar, siempre termina abriéndose paso.

Y para quitarle algo de gravedad a esta polémica ley, os dejo la reacción de un adolescente alemán tras ver Alatriste previa descarga vía 'la mula'.